La Vera y GredosA partir de la Garganta de Alardos, que constituye el límite provincial entre Ávila y Cáceres, se inicia la Vera de Plasencia, una de las comarcas naturales de perfiles más definidos y más atractivos de toda España, tan abundante en ellas, y que le ha valido toda suerte de elogios y ditirambos en todas las épocas (Antonio Ponz decía al respecto en el siglo XVIII: «La Vera de Plasencia se ha reputado siempre por uno de los territorios más deliciosos que tiene España, y algunos añaden que Europa»). Y más aún desde que el emperador Carlos la eligió para pasar la última etapa de su vida. Constituye una alargada meseta, bastante accidentada, de 50 km de longitud por unos 20 km de ancho, que forma una especie de zócalo de Gredos, de la que está separada por una falla (por lo tanto, no constituye su piedemonte, y al S otro gran escalón de casi 200 m de salto la deslinda del Valle del Tiétar, debido a un hundimiento posterior de éste. Se reparten su superficie 17 municipios, con su capitalidad práctica en Jaraíz de la Vera.

Entre sus características más salientes está su extraordinaria fertilidad, que permite el cultivo del limonero, naranjo, vid, olivo y algodón, junto a gran variedad de frutales, pimentón (el producto más característico de La Vera, famoso incluso fuera de nuestras fronteras), así como bosques de castaños, nogales y robles. Y ello debido en gran parte a la dulzura de su clima (14,6° de temperatura media anual) y a su régimen de precipitaciones, propias de la «España húmeda», todo ello gracias a la protección del murallón de Gredos.
Otra de sus características es el elemento agua, que está siempre presente. «Unas veces despenándose ruidosamente desde las cumbres, como en la Garganta de la Desesperada junto a Arroyomolinos; otras veces tranquila y callada, como en la Garganta de los Cascarones o en la de San Gregorio, en las inmediaciones de Aldeanueva, muchas veces juguetona e incitante al baño en charcas naturales transparentes, o en piscinas que ha ido preparando la mano del hombre. Ahí están Guatalminos, Minchones y Pedro Chate, dispuestas a entregar su frescor, la brisa encantadora de sus bosquecillos, la belleza visual de sus rocas blancas y redondas, o el agradable sonido del agua mientras besa sus orillas.
Hay dos pueblos de La Vera, Valverde y Villanueva, que... han hecho correr el agua por acequias de piedra construidas en el centro de sus calles y de donde la cogen para el aseo de sus viviendas» (R. Chanes).
Pero quizá la manifestación más representativa del alma verata y la que hace impar esta región es su arquitectura popular, esa «arquitectura sin arquitectos», tanto considerando sus edificios individualmente como los conjuntos de calles, plazas y aun los pueblos enteros. A ella se refería Unamuno en sus «Andanzas y visiones españolas»: «Las casas, de trabazón de madera, con sus aleros voladizos, sus salientes y entrantes, las líneas y contornos que a cada paso rompen el perfil de la calleja, dan la sensación de algo orgánico y no mecánico, de algo que se ha hecho por sí, no que lo haya hecho el hombre. La calleja se retuerce y no se ve de un extremo a otro. No es un canal de curso recto; es más bien como el curso de un río que fuera culebreando. Y se siente la intimidad de la sombra. De una casa puede cuchichearse con los de la casa de enfrente. Diríase una sola vivienda.» En el reciente libro «Arquitectura popular de la Vera de Cáceres», de los arquitectos Rafael Chanes y Ximena Vicente, se estudia incomparablemente esta manifestación común a todos los pueblos veratos (por ello no insistiremos demasiado en cada caso particular), así como todas las circunstancias que la han hecho posible.
Notemos, por fin, la perseverancia y amor con que los veratos han conservado sus tradiciones: trajes, canciones, fiestas profanas y religiosas (las «italianas» de Garganta la Olla, los niños danzarines de Cuacos, el «Viva-viva» de Aldeanueva y Jarandilla, el «Pero-Palo» de Villanueva, no son sino una muestra), leyendas, etcétera. Por no citar sino un ejemplo, ¡qué espectáculo más encantador constituyen las mujeres de toda edad sentadas en minúsculas sillitas, que no hemos visto en otros sitios, a la puerta de sus casas, mientras le dan a la aguja o... a la lengua!
Iniciaremos el recorrido por Madrigal de la Vera, villa situada a orillas de la Garganta de Alardos, sobre la que abre su único ojo un puente romano. Se forma esta garganta en un complicado sistema hidrográfico cuyas cabeceras están todas en la vertiente meridional de la divisoria principal. El eje de este sistema es la Garganta del Sauce, limitada por el tramo que va de la Loma de las Batallas (2.252 m) a El Asperón (2.214 metros) y separada por Los Castillejos de la vecina Garganta Tejea, con la que se une en los Prados de las Vegas del Llano, después de haber recibido al arroyo Encinoso y a la Garganta del Hornito por su margen derecha y uniéndose algo más adelante con la de la Regadera por esa misma orilla. Una pista que sale de la misma villa y discurre por la margen derecha de Alardos va a terminar, después de 14 km de recorrido, a la altura de los Hermanitos de Tejea y permite continuar hasta el Lanchar del Belesar, en la parte alta de la Garganta de Bohoyo. El llamado camino de la Lanchuela, que se une con otro procedente de Villanueva de la Vera, sube hasta la Portilla de la Lucía (2.096 m) para descender por la vertiente norte hasta Navalonguilla.
El conjunto urbano de Madrigal está plagado de inapreciables rincones, calles y plazas y en la población se conservan bastante bien sus diversas manifestaciones populares, entre ellas la artesanía.
Después de atravesar la Garganta Minchones, formada por la unión de la Garganta del Horcajo y el arroyo del Regajo del Guarro, y de detenernos a admirar el «Salto del Diablo», bella cascada por la que se despena la Garganta de Gualtaminos, llegaremos a Villanueva de la Vera (509 m). En esta bellísima y acogedora población, con categoría de «conjunto histórico-artístico», destacan, entre tantísimos rincones, la plaza mayor o de Aniceto Marinas y la calle de Francisco Pizarro, así como la iglesia, gótica del siglo XV.
Pero lo que ha hecho más célebre a esta villa, y con razón, son sus fiestas del «Pero-Palo», declaradas «de Interés Turístico» y que, hace ya bastantes siglos, vienen celebrándose todos los anos desde la víspera del Domingo de Carnaval, por la tarde, hasta el martes siguiente inclusive. Para nosotros su mayor valor reside, más que en su gran contenido folklórico, colorido y animación, en su autenticidad y espontaneidad. No se ha mixtificado nada en aras de un turismo facilón de masas. La fiesta la protagonizan todos los villanoveses y es para ellos. No se ha convertido, como en tantísimos casos, en una representación cara a los forasteros. Aunque predominan los asistentes veratos sobre los foráneos, se admite a éstos con los brazos abiertos, y si se integran en el regocijo popular no lo olvidarán en la vida. Desde la tamborrada con que los «peropaleros» anuncian la que se viene, en la tarde y noche del sábado, hasta el manteo, tiroteo, decapitación y entierro del «Pero-Palo», al atardecer del martes, pasando por la reconstrucción del muñeco protagonista, el «Pero-Palo», los «paseos», la «judía», el «correr las elecciones», el «ofertorio de las calabazas» y la «jura de la bandera», son tres días ininterrumpidos de bullicio, rondallas que interpretan las preciosas coplas veratas, abundantes libaciones y... poco dormir. El que ha conseguido aguantar impertérrito todo este «tate» se despide al final de Villanueva rondándole por la cabeza aquella coplilla, de aire medio lúgubre-medio humorístico, que tantas docenas de veces habrá entonado por sus calles: «El Pero-Palo en su sitio / yo no sé de qué murió, / de un garbanzo que comió / arrevuelto con tocino, ¡rabo, rabo de cochino!».
Tres km al W de Villanueva se encuentra Valverde de la Vera (509 m), villa, como la anterior, que también es « conjunto histórico artístico » y también plagada de bellísimos rincones urbanos, entre los que hay que destacar las plazas de España (o Mayor), de los Cuatro Canos, del Rollo (por la picota jurisdiccional, gótica, que la preside) y de la Iglesia. La parte más alta de la población está coronada por las ruinas de un poderoso castillo, levantado en el siglo XIV cuando Sancho IV creó el señorío de Valverde, a base de esta villa y sus entonces aldeas anejas de Villanueva, Viandar, Talaveruela y Madrigal, en favor de su consejero el arcediano don Nuño Pérez de Monroy, y que en el siglo XV pasaría a integrarse en el condado de Nieva. De la primitiva construcción quedan en pie dos fuertes torres cuadradas, una adosada al ábside de la iglesia y la otra que actúa como campanario de la misma, así como la gran torre del homenaje, con garitones en las esquinas y con un blasón de los DÁvila. En la parroquial de Nuestra Señora de las Fuentes y a ambos lados del presbiterio se conservan los artísticos enterramientos góticos, con estatuas yacentes, de don Diego López de Zúñiga y de su mujer dona Leonor Nino, condes de Nieva y señores de Valverde (t 1469).
Se conserva en Valverde una antiquísima tradición, que remonta al menos al siglo XVI, y es la de unos penitentes, llamados los «empalaos», que en la noche del Jueves al Viernes Santo recorren las «estaciones» (cruces repartidas por la población, así como la ermita del Cristo), haciendo el recorrido cada uno por su cuenta, entre las nueve y las doce de la noche. Pero la particularidad es que lo hacen con los brazos en cruz amarrados a un timón de arado que llevan a sus espaldas, vestidos de una tosca saya de esparto liado en espiral sobre su cuerpo y brazos desnudos, como burdo cilicio, con una sencilla enagua que cubre sus piernas desnudas y un tenue velo sobre el rostro para amparar el anonimato. Van precedidos por un cirineo o lazarillo, igualmente cubierto, con un farol en la mano para alumbrar sus pasos y ayudarles a levantar cuando se arrodillan o caen. Desgraciadamente, la masiva presencia de turistas, movidos, en general, más por la bobalicona curiosidad que por el contenido profundo de esta celebración, ha desvirtuado no poco su emotividad. No obstante, son frecuentes los casos de penitentes que vienen de fuera y desaparecen una vez terminado su cometido sin que se sepa ni su identidad.
A poco de salir de Valverde, una corta desviación hacia la derecha conduce a Talaveruela (562 m), con bellas balconadas y soportales en su calle principal, y a Viandar de la Vera (540 m), junto al río Moros y en las faldas meridionales de la Sierra d e Tormantos, que tiene una rústica pero encantadora placita mayor centrada, como es habitual en La Vera, por una fuente de pilón redondo. Descendiendo de nuevo a la carretera general, a los 6 km llegamos al puente que cruza la Garganta de Cuartos, nacida al pie del Cerro del Estecillo (2.250 m), Monte Covacha (2.399 m) y la Loma de la Cumbre (2.133 m), en la divisoria de la Sierra del Barco, por la reunión de un extenso abanico de arroyos. Junto al puente se ha acondicionado una amplia piscina natural y de allí arranca una carretera forestal que sube por la garganta unos 5 km hasta Casa Becorvo (650 m), continuando por un camino de herradura hasta la cota 1.300 m. Hacia el S de la carretera sale otro pequeño ramal que conduce hasta Robledillo de la Vera (449 m). A poca distancia del puente encontraremos, por fin, Losar de la Vera (545 metros), la tercera población de la comarca y famosa tanto por sus truchas como por ser una de las más jaraneras de La Vera en la celebración de sus animados Carnavales, que duran una semana.
Muy cerca está Jarandilla de la Vera (585 m), situada en el interior de la horquilla que forman las Gargantas Jaranda y del Cristo y una de las villas más antiguas y atractivas de La Vera, de la que es su centro geográfico, histórico y judicial. Su antigüedad se remonta al menos a época romana, en que se llamaba Municipium Flavium Vicertorum, y de la que no se conservan muchos testimonios (seguramente por falta de excavaciones sistemáticas ) , aunque sí uno muy interesante. Se trata de una lauda sepulcral romana tardía (s. III o IV d. C.), de mármol blanco, de unos 40 cm de altura y malamente pintarrajeada. Está dedicada por una hija a su madre, que aparece efigiada con un pecho fuera y sosteniendo con su mano izquierda a una Nina. Lo más curioso es que se «venera» en la iglesia parroquial, en una pequeña capilla del muro norte, como si de una Virgen con el Niño se tratara...
A principios del siglo XIII Jarandilla fue entregada a la Orden del Temple, la cual construyó una casa monacal fortificada, de la que subsiste una torre, aprovechada posteriormente como ábside de la parroquia de Santa María del Castillo, y la del homenaje, hoy torrecampanario de aquélla. En 1311 el señorío pasó a la Corona, después de la disolución del Temple, hasta que Enrique II se lo entregó al Maestre de Santiago don García Álvarez de Toledo, junto con el de Oropesa y el de Valdecorneja, a cambio de ceder la titularidad del maestrazgo. Enrique IV nombró conde de Oropesa a uno de sus descendientes. Este fue quien, entre finales del siglo XIV y principios del XV, levantó el castillo-palacio que hoy se ha convertido en Parador Nacional de Turismo «Carlos V», después de su acertada restauración y espléndido acondicionamiento.
Este castillo es de planta cuadrada, con dos macizos torreones cuadrados en el frente N y otros dos menores y circulares en el opuesto, y está rodeado por fuerte barbacana con cubos adosados. En su centro se abre un espacioso patio cuadrado con una doble galería en su costado N, la inferior de arcos escarzanos y la superior de arcos carpaneles y con un antepecho de claraboyas góticas. Falta una preciosa fuente gótica que siempre tuvo en su centro. Aquí residió el César Carlos desde el 11 de septiembre de 1556 hasta el 3 de febrero de 1557, mientras le terminaban de acondicionar sus estancias de Yuste. Y en este período recibió, entre otras muchas, las visitas de San Francisco de Borja, ya jesuita, y de un humilde fraile franciscano que luego sería San Pedro de Alcántara, y a los que quiso hacer, sin éxito, sus confesores. Todavía se conserva el aposento que ocupó y su acogedor y artístico mirador, de triple ventanal con arcos conopiales.
En el casco antiguo de la población de Gredos se conjugan las sabrosas edificaciones populares con grandes casas rurales de solemnes portadas, algunas procedentes del siglo XVI, así como varios blasones hidalgos. La parroquial, a la que ya nos hemos referido, data del siglo XIV y tiene una nave rematada por ábside poligonal, en el interior, cubierto por bóveda de nerviaduras sobre ménsulas historiadas, y está rasgado por dos ventanales ajimezados y profundamente abocinados. A más de dos retablos barrocos, hay que citar en este templo el enterramiento de don Gaspar de Loaysa, colonizador del Perú.
Del mismo casco urbano de Jarandilla arranca la carretera que sale, rodeada de preciosos paisajes, por la ladera oriental de la Garganta Jaranda hasta esa preciosidad de pueblo que es El Guijo de Santa Bárbara, 300 m más alto y ya en la misma Sierra de Tormantos. Entre los numerosos y escenográficos rincones que su arquitectura, típicamente verata, ofrece merece señalarse esa pequeña delicia que es el ayuntamiento antiguo. Por la parte oriental del pueblo sale un camino hacia el cordal que delimita la garganta por este lado, donde en el llamado Collado Alto el vecindario, dirigido por un párroco con iniciativa, construyó no hace macho la ermita-refugio de Nuestra Señora de las Nieves, a la que se tarda en llegar de hora a hora y media. Ha habido que guardar la llave debido a esa fauna ibérica llamada «gamberrus rapestris», que cada vez prolifera más y que le había causado danos gratuitos. Desde el refugio el camino sigue sabiendo hasta la Portilla de Jaranda (2.034 m), desde donde puede bajarse a Tornavacas o seguir por la divisoria principal, hacia el E, para alcanzar en breve trecho las lagunas de la Sierra del Barco.
A sólo 6 km de Jarandilla encontraremos Aldeanueva de la Vera (658 m), a la que llaman la «Venecia extremeña» a causa de los cursos de agua y torrentes que la atraviesan, al estar situada a media ladera. Poco antes de llegar, desde el mirador del «camping Yuste», sobre la Garganta de San Gregorio, se puede disfrutar de una excelente vista panorámica del blanco conjunto de la población, escalonada en terrazas artificiales. Ya en ella hay que fijar la atención en la llamada Plaza de Toros, que no es lo que el lector pudiera suponer, sino una plaza normal, sólo que en bonito, y que, al decir de R. Chanes, «se la ha llamado así porque su recinto, definido anteriormente para otras actividades, se adaptaba muy bien a las corridas y espectáculos, lo que haría que los pencones (patronímico de los habitantes de Aldeanueva) adoptaran esta denominación como la más propia». También es muy interesante desde el punto de vista de la arquitectura popular la plaza de Pizarro o de los Ocho Canos. Es también digna de mención la llamada Casa del Obispo Godoy, con fachada blasonada del siglo XVI.
Cuatro km al SW de Aldeanueva se encuentra Cuacos (520 m) (hoy se llama Cuacos de Yuste), el pueblo en que se crió «Jeromín», el futuro don Juan de Austria, y donde se hospedó el séquito y servidumbre de Carlos V mientras estuvo en Yuste. Pero aunque así no hubiese sido, no quitaría un ápice a la extraordinaria belleza plástica de este conjunto urbano, que es un rebuscado placer recorrer pausadamente una y otra vez. Por la plaza de España, con sus largos soportales, por la plaza de la Fuente de los Chorros o por la de Don Juan de Austria... El pueblo tan típico de esta zona de Gredos fue declarado «Paraje Pintoresco» en 1959, en atención a estos méritos. Como también lo tiene su parroquial, fechada en 1567 y reformada en el siglo XVIII, con una bella portada gótica en su exterior, un buen órgano barroco y una talla policromada de Santa Catalina de Alejandría (s. XVII), del estilo de la Roldana, en su interior.
Desde Cuacos, una sombreada y frondosa carreterita conduce a lo largo de 1.600 m hasta aquel lugar de la Sierra de Gredos «donde fue a morir, hastiado de los hombres, nuestro emperador» (Unamuno), a Yuste, en un escondido rincón al pie de la Sierra de Tormantos y, más concretamente, del Cerro del Salvador (1.171 m). El propio Unamuno dice en «Andanzas y visiones españolas»: «Difícil sería encontrar en España un paisaje más castizamente español y español quincentista. Oscuros pensamientos de eternidad parecen brotar de la tierra». Poco antes de llegar al celebérrimo monasterio jerónimo, en una esquina de la tapia de la huerta monástica nos saluda un soberbio blasón imperial de piedra con un epígrafe debajo que reza: «En esta casa de los jerónimos se retiró a acabar su vida el que toda la gastó en defensa de la Fe y conservación de la Justicia, Carlos V, Emperador, Rey de las Españas, cristianísimo, invicto. Murió a 21 de septiembre de 1558».
Todo empezó cuando en junio de 1402 se instalaron dos eremitas bajo la ermita del Salvador, muy famosa en toda La Vera, en el barranco del arroyo Yuste, constituyéndose así los Hermanos de la Pobre Vida , que sufrieron diversas persecuciones del obispo de Plasencia hasta que, gracias a la protección del Papa y del conde de Oropesa, don García Álvarez de Toledo, se pusieron bajo la advocación de San Jerónimo, entregándose al prior de Guisando. En el primer capítulo general de los jerónimos, celebrado en Guadalupe en 1415, tuvieron dificultades para ser admitidos en la Orden, debido a sus escasos recursos. Pero el citado García Álvarez de Toledo, «dándole al alma que aquello había de ser cosa de mucho servicio de Nuestro Señor», los tomó bajo su tutela, edificando el llamado Convento Antiguo y la iglesia. A mediados del siglo XVI los condes de Oropesa costearon el Nuevo Monasterio, que se concluyó en 1554. En 1809 éste fue incendiado por un grupo de franceses huidos de la batalla de Talavera, y en 1820 los monjes eran expulsados por los revolucionarios para volver en 1823 y ser definitivamente exclaustrados en 1834 durante la Desamortización. Compró el monasterio un tal Tarríus, que estuvo a punto de vendérselo a Napoleón III, pero lo adquirió el marqués de Mirasol y, después de muchos años de abandono y ruina, el duque de Montellano se lo cedió al Estado (ya en 1931 había sido declarado monumento histórico-artístico), en 1942, quien después de reconstruirlo y restaurarlo se lo entregó de nuevo a la Orden de San Jerónimo en 1958, al cumplirse el IV centenario de la muerte del César.
Con motivo de la estancia del Emperador se construyó, adosado al muro meridional de la iglesia, el llamado Palacio, y que no son sino cuatro grandes habitaciones (recibo, dormitorio, comedor y cocina), a más de un sencillo mirador o terraza orientado a poniente. Como decía el padre Sigüenza: «Esta es la celda de aquel gran monarca Carlos quinto; para religioso harto espaciosa; para quien tanto abarcara, harto pequeña.» Aquí llegó el Rey de Romanos un 3 de febrero de 1557, siendo aposentado por fray Juan de Ortega, quien, al decir del padre Sigüenza, fue el autor del «Lazarillo de Tormes». De sus días en Yuste dan exacta cuenta su cronista, fray Prudencio de Sandoval, obispo de Pamplona, y Modesto Lafuente en su «Historia de España»: «Falleció a los Veinte y uno de Septiembre á las dos y media de la mañana. Ano del Señor de 1558.» Sus restos reposaron aquí hasta que fueron trasladados, el 4 de febrero de 1574, al monasterio, también jerónimo, de El Escorial.
Desde el punto de vista artístico hay que señalar la vasta nave de la iglesia, de fines del siglo XV, cubierta con crucería estrellada, rematada por ábside poligonal, y con coro alto a los pies en el que hay una soberbia sillería del maestro Rodrigo. Preside el altar mayor un retablo renacentista, encargado por Felipe II al pintor y arquitecto Antonio Segura, con una copia del lienzo «La Gloria», del Tiziano. Bajo la capilla mayor está la cripta en que estuvo enterrado el Emperador y aún se conserva el primitivo y adusto sarcófago que lo contuvo.
En el monasterio hay dos claustros, el primero gótico, de fines del siglo XV, y renacentista (siglo XVI) el otro. Este último, soberbio, consta de dos cuerpos (en una de las alas hubo un tercer cuerpo, como en San Bartolomé de Lupiana), de arcos de medio punto el inferior, que son escarzanos en el superior. Sobre los capiteles del inferior se alternan las armas de los condes de Oropesa con las de la Orden Jerónima (el león y el capelo cardenalicio). En el refectorio, severo como él solo y muy bien restaurado, hay que señalar los azulejos del zócalo, algunos mudéjares, así como el púlpito, gótico-mudéjar, de delicada tracería, que se ha traído de Toledo.
Al abandonar tan evocador lugar de Gredos se viene a la memoria aquella estrofa de Unamuno: «... hastiado del perenne embuste de la gloria, enterraba aquí a tu vista, su majestad en Yuste Carlos, Emperador.» De vuelta a nuestra ruta y después de haber atravesado la Garganta de Pedro Chate, tomaremos una estrecha y pina carreterita que sigue por la Garganta Mayor hacia el puerto de Piornal, en la divisoria de la Sierra de Tormantos. Pero nos detendremos a mitad de camino en otra de las preciosidades de la constelación verata, Garganta la Olla (590 m). Es inevitable al llegar aquí el recuerdo de la famosísima Serrana de Garganta la Olla (también llamada Serrana de La Vera) que, despechada por un fracaso amoroso, se dedicaba a asaltar a los hombres por estas breñas para asesinarlos después de haberlos gozado, hechos que parece ocurrieron allá a mediados del siglo XVI. De sus fechorías se hicieron eco en todas las épocas infinidad de coplillas («Allá en Garganta la Olla, / en la Vera de Plasencia, / asaltóme una serrana, / blanca, rubia, ojimorena»), e incluso Lope de Vega y Vélez de Guevara la hicieron protagonistas de sendas comedias.
Pero para tales evocaciones no es necesario venir hasta aquí. Hay algo mucho más tangible y deslumbrante que hace obligada la visita y su repetición a esta deliciosa población verata. Porque, como ha escrito R. Chanes, en 'Garganta la Olla todo es poesía; cualquier recorrido que se haga, cogiendo al azar la primera calle que se encuentre, se convierte en una lección de arquitectura urbana. Todos los elementos de composición espacial y los medios de expresión de la arquitectura parecen haber sido utilizados aquí por algún arquitecto genial». Señalemos, sólo a título de orientación, la plaza del Ayuntamiento, la Casa de Postas, la Casa del conde Acevedo, la Casa de las Muñecas (mandada erigir por Carlos V para «expansión» de los caballeros de su séquito), la plazuela del Portal, la calle de las Gradas, la calle Llana, el Barrio de la Huerta y tantos otros rincones. También es muy bella la parroquial, gótica del siglo XV, con acogedor atrio y torre de aire herreriano (siglo XVII).
Descendiendo a la carretera general de nuevo, llegaremos en breve trecho a Jaraiz de la Vera (561 m), aldea de Plasencia convertida en villa en 1680 y hoy la más poblada de La Vera y su capital pimentonera. Es de todas las poblaciones de la comarca la que tiene más características de ciudad, dotada de toda clase de servicios y comodidades, aunque no faltan encantadores rincones típicamente veratos, sobre todo al norte de la iglesia parroquial. Es ésta una sólida construcción con torre de tipo herreriano que destaca poderosamente entre el conjunto del caserío.
Dejando al W Collado de la Vera y abandonando la carretera general, donde se encuentra Torremenga, nos adentraremos por una carreterita local que sale por el NW de Jaraíz para acercarnos a Pasaron de la Vera (596 metros). Es otra inolvidable población, con su casco urbano dividido en dos áreas por la Garganta Concejil, que invita a pasearlo paladeándolo o, simplemente, a estar. Sobresale en el conjunto la plaza de la Iglesia, presidida por la amplia parroquial, con su famosa torre del siglo XIII adosada a un costado; la plaza Mayor o plaza de España, a la que da su personalidad el Ayuntamiento; y la plaza del Palacio. A esta última da frente el palacio de los Manrique, duques del Arco, que fue levantado por García Fernández de Lara en 1531, cuando adquirió el señorío de Pasaron a los condes de Oropesa. Es un bello edificio renacentista, construido a base de sillería y mampostería, y rematado por una especie de logia en tres de sus costados. Pero lo que le confiere toda su personalidad son las grandes chimeneas (elemento extraño a la arquitectura verata) de ladrillo «en las que el artífice hizo alarde de imaginación y de riqueza escultórica».
Remataremos este recorrido por la maravillosa comarca de La Vera en la más occidental de sus poblaciones, Arroyomolinos de la Vera (617 m), distante sólo 4 km de Pasarán. Aquí los elementos característicos de la arquitectura popular verata se unen con los de las otras comarcas extremeñas vecinas. Es obligado el recorrido que enlaza sus tres plazas principales: la de España o Mayor, dominada por su recia iglesia parroquial; la de José Antonio, y la de la Atalaya, también llamada «el mirador». Desde esta especie de península rocosa y contemplando la bella perspectiva de la Garganta de la Desesperada y del valle del Tiétar nos despediremos de la Vera...