Barranco de las Cinco VillasLa comarca que en la Edad Media llamaban las Herrerías de Ávila (por las numerosas minas de hierro que se explotaban en las faldas de la Sierra de Gredos, cerca de Arenas) y que hoy se conoce como Valle del Barranco o Barranco de las Cinco Villas, es una de las que más honda e inolvidable impresión han causado desde siempre a los que la han visitado. Y ello tanto cuando, procedentes de Ávila por el valle del Alberche, de suaves y onduladas formas, se asoma uno a ese increíble mirador que es el puerto del Pico (1.395 m) y se nos aparece de golpe y porrazo en su conjunto y con toda su grandiosidad como cuando se recorre tranquilamente pueblo a pueblo por las numerosas carreteras que la atraviesan y se contempla desde multitud de ángulos diferentes. Cuántas veces han sido trasladados sus sugestivos rincones a los lienzos de ese gran pintor de los paisajes y las costumbres de Gredos que fue Martínez Vázquez.

Este Valle pertenece a la Meseta inferior y lo separa de la superior el gran escalón del puerto del Pico. Constituye además el gozne entre los macizos oriental y central de Gredos. Lo limita al N, separándolo del valle superior del Alberche, el tramo de la divisoria principal comprendido entre el Risco de las Morrillas (1.918 m), al W, y el puerto de Lagarejo, al E. En esta alineación destacan, de W a E, los riscos Fría (1.986 m), de la Casa (1.845 m), Barrera del Risco y puerto del Pico, considerado como divisoria entre los macizos oriental y central de Gredos, y, ya en éste, la Sierra de Villarejo, que culmina en el soberbio pico del Torozo (2.026 m), que da nombre al citado puerto; la Trocha de las Cagadas, el Sombrerito, Piedra Caballero, collado de Serranillos (1.590 m) y Canto de la Nava. Al W, y desde el Risco de las Morrillas, se desprende un cordal de dirección N-S que separa el Barranco del valle del río Arenal, alcanzando las alturas más importantes en el Cerro de las Campanas, collado de la Centenera (1.350 m), por donde pasa la carretera del puerto del Pico a El Arenal, Cerro de las Cabezas (1.447 m), la Penca (1.360 m), perdiendo después rápidamente altura y desapareciendo cerca de La Parra. Al E, por fin, delimita el valle una cuerda que con dirección NE-SW se desprende de la cadena principal, que se denomina Sierra de Cabeza Aguda (1.842 metros) y que actúa como divisoria con la Garganta Elisa, en término de Pedro Bernardo.

Por el fondo del Valle corre la llamada Garganta del Puerto que, a partir de Cuevas pasa a denominarse río de Prado Latorre o Ramacastanas, y que vierte sus aguas en el Tiétar al S de Ramacastañas después de recoger las de numerosísimos afluentes, sobre todo por su margen izquierda.
Debido a sus determinantes geográficas (vertiente sur de la Sierra de Gredos y protección de los vientos fríos proporcionados por las altas murallas que la circundan), y por ende climáticas, el Barranco es un verdadero oasis de vegetación que contrasta vivamente con las zonas esteparias y frías del cercano valle del Alberche. Olivos, castaños, higueras, frutales, viñedos, extensos pinares y quejigales, como ejemplos más representativos, armónica y espontáneamente conjugados, bordan un paisaje más propio para admirarlo que para describirlo en prosa. Volvemos a recomendar que se recorra el Valle por todas sus esquinas, por la carretera de Pedro Bernardo al collado de Serranillos, por la del puerto del Pico a El Arenal y por las que comunican las cinco villas entre sí para percatarse de la increíble variedad de panoramas que ofrece el Barranco.
Iniciaremos, por fin, un breve recorrido de este valle, partiendo, como más espectacular, del puerto del Pico, al que se llega, desde Ávila, por el puerto de Menga y la Venta de la Rasquilla. Del borde de esta tremenda falla que separa las dos mesetas ha escrito el marqués de Santa María del Villar: «El puerto del Pico es una balconada, es un mirador excelso, desde donde se alcanzan a ver tierras abulenses, toledanas y extremeñas.» Desde él se descubre hacia el Barranco una calzada romana utilizada durante muchos siglos como cañada por los ganados trashumantes, cuyas lazadas parecen haberse terminado de construir ayer (¡qué elocuente reproche para este siglo chapucero...!) y que, a trechos, se cruza con las de la carretera actual.
Después de descender casi 600 m en menos de 6 km nos encontramos con Cuevas del Valle (848 m), villa de la que el mismo Santa María del Villar dice que cuando fue por primera vez pensaba quedarse una hora y estuvo dos días. Entre frondas de castaños, olivos y pinares se alza esta pintoresca población de Gredos, con bellas construcciones de entramado de madera, con solanas voladas, pintoresca plaza y monumental y recia parroquia gótica del siglo XV.
Desde Cuevas nos desviaremos hacia la izquierda hasta Villarejo del VaIle (825 m), al pie de la Sierra a que da nombre, desde cuyas cumbres, fáciles de alcanzar desde el puerto del Pico, se divisan espléndidos panoramas de las dos vertientes. Como el resto de las poblaciones del Valle, era una aldea de Mombeltrán, perteneciente al señorío de los Alburquerque hasta 1703, en que obtuvo la autonomía y la categoría de villa. Abundan en la población los escenográficos rincones con soportales sobre pétreas columnas, balconadas de madera, tejados volados, todo ello con el fondo de los graníticos taludes de la Sierra de Villarejo. Es también encantadora la parroquial con una escueta y elegante portada isabelina a los pies de arco dovelado de medio punto, con bolas en el intradós y enmarcada por un alfiz que remata una hornacina con una imagen pétrea de la Virgen bajo gótico doselete (siglo XV).
Muy cerca, al SE recorriendo esta zona de Ávila, llegaremos a San Esteban del Valle (811 m), villa en que el pintoresquismo de sus construcciones alcanza el máximo del valle, aunque estén mal las comparaciones. El conjunto de la plaza Mayor, con su característica fuente y las dos ermitas renacentistas que la cercan; la calle Mayor, con soportales de pilastras de madera y zapatas sobre las que vuelan las balconadas; el gótico rollo que da la bienvenida a los que proceden de Santa Cruz del Valle; la parroquial (1524), en la parte más alta de la población, con preciosa portada renacentista bajo arco de profunda cimbra; el fabuloso paisaje que la rodea; todo, en suma, se aúna para hacer de San Esteban una población que merecía figurar entre las más representativas, no solo de Ávila sino de toda Castilla. El que no lo crea que vaya por allí y lo compruebe personalmente. Y si tiene la oportunidad de hacerlo un 5 de febrero, cuando se celebra la cabalgada de «El Vítor», en honor del mártir San Pedro Bautista (siglo XVI), hijo de la villa, veremos si se nos da la razón o no. Consiste ello en una larga comitiva de cabalgaduras, vistosamente enjaezadas y adornadas, cuyos jinetes siguen, portando antorchas, al mayordomo, que lleva sujeta a su silla una pequeña imagen del santo. Esta comitiva da varias vueltas a la población después del anochecer, sin más iluminación que la que proporcionan las teas. El mayordomo recita décimas y sonetos, compuestos para la ocasión. Todo ello aderezado con el áspero vino de estas tierras de Ávila, endulzado con limón, que se consume en tarros de rojo barro que, una vez vacíos, se estrellan contra el pavimento. Increíble..., pero que dure mucho.

De San Esteban nos dirigiremos hacia el SW hasta otra singular población de Gredos, Mombeltrán, la antigua Colmenar de las Ferrerías, que puede considerarse como la capital del Valle, pues de hecho lo fue durante siglos. La villa, después de haber estado bajo el señorío de don Ruy López Dávalos, del Infante de Aragón, don Juan, rey de Navarra y Aragón, y del Condestable don Álvaro de Luna, fue donada por Enrique IV a su «partenaire» don Beltrán de la Cueva, primer duque d e Alburquerque, quien, en un alarde de modestia, le puso su propio nombre (1461). Para dejar bien sentadas las cosas, mandó edificar un castillo en esta zona de Ávila, no concluido hasta el siglo XVI, y tan recio que ha resistido hasta ahora todos los asaltos de la incuria y la indiferencia, mucho más destructivas que las armas convencionales. Aún sigue presidiendo el paisaje de este enclave central del Barranco. Es una construcción de planta rectangular con un torreón circular en cada esquina, de mayor desarrollo el del homenaje, en la NE, y rodeado por robusta barbacana con taludes, que recuerda al de Pioz, de la misma época, y que sigue fielmente el perímetro del castillo. En el interior se conservaba bastante bien el patio, que se cae irremediablemente (suponemos que nadie tiene la culpa...), cámaras y escaleras, que permiten hacerse una idea bastante exacta de la distribución original.
Pero aún subsisten otras reliquias de la ilustre prosapia de la villa de Mombeltrán, casi todas coetáneas del período referido, como la gótica iglesia parroquial, de tres airosas naves, separadas por arcadas apuntadas, con una preciosa reja protorrenacentista cerrando su capilla mayor, una bella portada de doble arco conopial y escarzano, en el muro sur, muy isabelina ella, e interesante órgano barroco en el coro alto. Hay que mencionar también la renacentista fachada del hospital de San Andrés, la plaza del Ayuntamiento, el rollo gótico representativo del villazgo, varias mansiones hidalgas, con sus correspondientes blasones, así como las ruinas de la parroquia del Arroyo Castaño y del convento de Nuestra Señora de la Torre.
Concluiremos este breve recorrido por estas tierras de Ávila acercándonos a Santa Cruz del Valle (725 m), otra encantadora villa, colgada a media ladera de un contrafuerte de la Sierra de Cabeza Aguda y desde la que se disfruta de bellísimas vistas panorámicas. Como en los casos anteriores, el caserío brinda rincones realmente preciosos que el municipio ha hecho compatibles con realizaciones muy de nuestro tiempo, como piscina, campos de deportes, etc., que demuestran su vitalidad.
Conclusión: el Valle es un lugar muy adecuado para perderse en él y que no le vuelvan a encontrar a uno nunca...