Desde la ciudad de Ávila por la N-110 que recorre todo el Valle Amblés entre trigales y pueblos a ambos lados de la carretera, se llega hasta Muñana población famosa por sus embutidos que pueden comprarse en algunos de los mataderos del camino y del mismo pueblo. Desde Muñana por una carretera serpenteante y atractiva que recorre la sierra se llega hasta la ermita de Nuestra Señora de las Fuentes, atractivo paraje, que guarda una deliciosa iglesia, con múltiples retablos barrocos, las citadas fuentes de su nombre, y una singular plaza de toros. De vuelta a la N-110 dejaremos en lo alto y a la derecha al llegar a la altura de Amavida los restos del desamortizado convento de agustinos de El Risco, al que se acede desde la carretera que desde Villatoro va a Vadillo (el viajero debe preguntar antes el itinerario, que no hay indicador alguno). En Villatoro quedan los restos del palacio de los Dávila, especialmente un cilíndrico torreón, algunas atractivas casas que frecuentemente han incorporado escudos y adornos del convento de El Risco, en la plaza algunas esculturas celtas justifican el nombre de la villa y una fenomenal iglesia, debida en parte al Juan Campero de Mosén Rubi, que guarda en su interior una bella crucería en su cabecera y una estructura de airosos formeros sobre esbeltísimas columnas, y es semejante a la que en la Moraña se alza en Collado de Contreras.

puente románico en El Barco de ÁvilaTras pasar el puerto de Villatoro (fenomenal es la iglesia de Villanueva del Campillo, y fenomenal es la naturaleza que a derecha e izquierda se nos presenta), dos pequeñas poblaciones bien merecen una parada, a la izquierda Villafranca de la Sierra, y a la derecha, pasado el desvío de Villafranca, en el Km. ---- Bonilla de la Sierra. Villafranca es tierra del señorío de los Dávila, con buena iglesia y una bella plaza con una fuente de porte señorial que bien merece una fotografía. Camino de Navacepedilla de Corneja, a la izquierda, se encuentra el molino de Tío Alberto, que además de estar corriente y moliente y ser uno de los más singulares monumentos de Ávila, era amable y sabiamente enseñado por Alberto Muñoz el molinero jubilado que guardaba amorosamente molino y maquinaría. El camino al puerto de Chía arriba nos llevaría hacia el Alberche y hacia Gredos, y es una tentación en la que el viajero deberá decidir cuando cae. De vuelta a la carretera es imprescindible desviarse hacia Bonilla de la Sierra, uno de los más sugerentes conjuntos monumentales de Castilla, la villa hoy casi deshabitada, tuvo un pasado esplendoroso del que como testigos quedan casas nobles, el recinto amurallado y una bellísima plaza con acogedores soportales, el semiderruido palacio episcopal en un extremo y en el centro la más galana iglesia que imaginarse pueda, con recios y agudos pináculos y fuerte torre. No entrar en ella seria pecado de los graves, su amplia nave con potentísimos arcos diafragmas es ejemplo único.

Tras volver a la carretera pronto nos encontraremos con Piedrahíta, la villa ducal de Alba que guarda casas, calles, murallas y monumentos de obligado recorrido. Se recomienda dejar el coche en la plaza, la más atractiva de esta zona de Ávila y desde allí callejear tranquilamente, recorrer alguna que otra tasca y entrar, cuando menos al templo y al palacio ducal, también -si tiempo hay- al convento de carmelitas. La iglesia tiene atractiva arquitectura y en su costado septentrional pinturas y retablos de valor; en el sur de la villa el palacio ducal es pieza sorprendente en esta villa, en la segunda mitad del XVIII lo levanto el arquitecto francés Marquet, y eso explica el patio de honor y la estructura versallesca del edificio. En la zona posterior un jardín trato de regular la naturaleza y de él quedan una gran fuente con mascaron, el pozo de la nieve de perfectos sillares y el preciso puente de los lirios, con sus sillares cortados siguiendo el eje del palacio y el que marcaban las aguas.

Desde Piedrahíta los caminos pueden llevarnos hacia Salamanca pasando por Alba y con la posibilidad de acercarnos hasta El Mirón, Diego-Álvaro o San Miguel de Serrezuela, hacia Béjar, hacia Gredos otra vez por el puerto de Peña Negra (en su alto está una de las mejores zonas de lanzamiento de parapente de la península) que es fenomenal observatorio sobre el Valle de Corneja y sobre las cumbres de Gredos, o hacia El Barco de Ávila si seguimos la N-110. Hasta El Barco el camino es de unos 15 minutos, pero mejor es tardar más y detenerse a ver la increíble vegetación y pueblos tan singulares como Aldeanueva de Santa Cruz, que tiene por plaza un convento gótico, o la Horcajada señorial villa que fue y que tiene magníficas casas con epigrafías que proponen al viajero sabias máximas (COSCETE IPSUM = conócete a ti mismo), dos ermitas  y una gran y bella iglesia, delante de la cual hay una deliciosa fuente.

Ya en El Barco de Ávila, es decir en Gredos, se le propone al viajero que antes de entrar en el pueblo se rodee el mismo pasando primero el puente Nuevo y entrando en la villa por el puente Viejo. Así habrá podido contemplar la villa en el paisaje de Gredos, habrá podido sentir la magnífica belleza de las aguas del Tormes y hacer una primera aproximación al patrimonio monumental barcense: murallas, castillo e iglesia, sin olvidar el puente medieval por el que habrá entrado en la villa, recio y noble como pocos. El castillo de Valdecorneja, que tiene el nombre de El señorío que fue de la Casa de Alba, y que comprendía las villas de El Barco, Piedrahita, El Mirón y la Horcajada, data de el siglo XV y tiene una fuerte torre del homenaje que es privilegiado observatorio sobre Gredos. La iglesia parroquial es ejemplar de esa recia arquitectura característica de las tierras de Ávila, en la que debe destacarse el crecimiento de sus naves laterales hasta configurar una peculiar iglesia salón y un interior en el que destacan las rejas de su triple presbiterio, una hermosa virgen renaciente que está en la órbita de Felipe de Vigarni y un pequeño y sugerente museo. Pero lo más atractivo de El Barco de Ávila no son ni el puente, ni el castillo, ni la iglesia, que no conviene que los árboles nos impidan ver el bosque, lo atractivo es el caserío todo de El Barco de Ávila, sus casas, calles y plazas, sus balcones, portadas y aleros, y unas perspectivas arquitectónicas en las que siempre, tras alguna vuelta, tras algún rodeo aparecen el Tormes y su rivera o la espléndida belleza de las recortadas cumbres de Gredos.

Desde el Barco son muchas las excursiones a realizar y de ellas creo que son reseñables la que camino de las tierras de Béjar nos lleva a recorrer detenidamente Becedas y su bellísima iglesia de colosales arcos diafragmas y bellísima torre y nos permite volver por Neila de San Miguel con su campanario coronando una inmensa roca y por Medinilla o la que siguiendo el camino de Extremadura nos llevaría a ver todo el Jerte desde el puerto de Tornavacas y a la vuelta nos conduciría a visitar pueblos tan atractivos como Santiago de Aravalle o Santiago de Ávila. Huelga decir que en el Barco de Ávila se deben degustar las judías que tanto honor han dado a su nombre y las carnes de avileño. Los restaurantes de la villa son agradable tentación en la que sería pecado no caer; si la prisa no es mucha, Navalguijo, cerca de El Barco y ya metido en Gredos ofrece la citada oferta gastronómica una atractiva excursión por sus pinares y a la vuelta puede admirarse el bello puente de Tormellas.