Castillo de ArévaloLa zona norte de Ávila que comprende la Moraña y la Tierra de Arévalo, son grandes llanuras de cereal, jalonadas de pueblos con arquitecturas de ladrillo y tapial y muy bellas iglesias mudéjares. Si a los historiadores preguntásemos hablarían largo y tendido sobre el componente musulmán que repobló estas tierras. Si a los historiadores del Arte se pregunta, o simplemente si se abren los ojos ante tanto y tan bien asentado ladrillo, ante tanto ábside, arquería, esquinillas y torres, se recordará una vez más, esa tanto tiempo innombrable y hoy innegable España de las tres culturas Múltiples son los caminos posibles, pero nos limitaremos a un itinerario  que por la N-403 nos llevará hasta Arévalo, luego la C-605 nos llevará hasta Madrigal y desde allí iremos al encuentro a la altura de Narros del Castillo con la N-501, la carretera de Salamanca, que nos traerá de vuelta a Ávila.


Mingorría es, como el cercano Cardeñosa, pueblo de buenos canteros y se nota en sus monumentos. La Vega de Santa María tiene su iglesia ante la carretera con un primer ejemplo de mudéjar en su torre y ábside, Pajares de Adaja levanta en ladrillo una elegantísima torre del XVI hermanada con las de Donjimeno y Narros del Castillo(dícese por estas tierras que son obra de unas mismas manos, que tales obras son de manos hermanas y hasta que desde buna torre puede verse las otras, pero estos son decires que a uno no le constan y los pone en cuarentena aunque debe hacer constar que tales fábricas tienen un aire comun), Espinosa mezcla en su iglesia una cabecera en sillería románica con elementos góticos y tiene una torre esbelta y bella como pocas, levantada con humildes y fiermes cajones de mampostería.
Arévalo, capital antes de la Tierra de Arévalo y hoy de La Moraña toda, es ciudad para una detenida visita, que aquí puede apreciarse lo mejor del mudéjar, sentir el pálpito de las más llamativas páginas de la historia (en el XV Arévalo, Madrigal, Medina, Olmedo y Tordesillas fueron el centro de España y casi del mundo) y paladear una sugestiva oferta gastronómica basada en la honestidad de unos lechones de 17 días, asados como Dios manda, con una maestría legendaria. La receta tiene su base en los sabios hornos arevalenses, un animal criado para tal fin y el buen hacer de expertos cocineros. Si el cuerpo aguanta atrevámonos con los garbanzos de Velayos o Fontiveros, o con las famosas judías de el Barco de Ávila. El menú bastará para reponer las fuerzas de la excursión mañanera, pero pide algo de movimiento vespertino el puente sobre el Arevalillo, el arco de  Alcocer y la calle Entrecastillos (pocos nombres tan precisos) y otros restos de sus murallas, la Alhóndiga, fachadas de casas, hospitales, palacios e iglesias abandonadas, nos esperan ... Fue tanto lo que hubo en la rica historia de esta otrora cercada ciudad que aún hoy es mucho lo que hay. Quizá demasiado para tan poca gente y tan pocos recursos. Es otra vez la historia de Castilla de hogaño, que no puede con su ayer y teme su mañana.

Su traza urbana condicionada por el Adaja y el Arevalillo que se juntan en un espolón en el que se levanta un castillo de planta pentagonal y colosal homenaje y limitada por el perímetro murado, recuerda bastante la configuración del casco segoviano. Lo aconsejable es prescindir de prisas y recorrer las calles sorprendiéndose ante la puerta del Alcocer, ante las fachadas de sus muchos palacios, torres y puentes mudéjares, la vieja judería, o en la delicia única de la porticada plaza de la Villa y deteniéndose cuantas veces sea preciso en las amables y bien surtidas barras de sus tascas. Delito sería no entrar a ver Santa María con su ábside y una fuerte torre sobre la calle de igual nombre, coro de lacería mudéjar y pinturas tardorrománicas en su ábside,, no subir a ese privilegiado observatorio que es la torre de San Martín y ver desde él la torre llamada de los ajedreces (entre ambas iglesias una de esas plazas porticadas de Castilla, qué mentira parece que aún existan y que es uno de los paisajes arquitectónicos en los que más gusto de perderme y de encontrarme)  no admirarse ante el retablo que en San Miguel pinto Pinilla y no recorrer el valioso museo de escultura de San Salvador. Falta al menos no entrar en Santo Domingo y San Juan, que también guardan interesantes obras testigos de su pasado y del de otros desaparecidos templos arevalenses de los que proceden (anótense al menos la imagen de las Angustias en el primero y la escueta belleza del San Zacarías de San Juan).

Cerca de Arévalo, La Lugareja es el más hermoso de los templos mudéjares de La Moraña y consta documentalmente sus existencia a principios del siglo XIII y antes. Lo construido es una especie de catedral románica, mejor una cabecera cisterciense, levantada en ladrillo mudéjar, con un elegantísimo repertorio de arquerías, esquinillas, ladrillos moldurados, verdugadas y cajones de mampostería. En el interior de desnudas paredes destaca la cúpula de su potente cimborrio´precedida de un tambor de arquerías orlado de motivos escultóricos cercanos a los de la capilla central de la girola de la catedral y cercano también a la desnudez decorativa de lo cisterciense. Estos únicos restos monumentales, comparables con el primer gótico de la capital en su esbeltez, sistema de cubiertas y hasta en su decoración.(relaciónense los florones de aquí con los del tramo central de la girola catedralicia), explican perfectamente la originalidad de un modo de hacer, entender y componer que hoy damos en llamar mudéjar. Quizá el estilo artístico más genuinamente hispano por la mezcla excepcional de lo cristiano y lo musulmán. El perfecto juego de volúmenes de sus componentes, el elegante ritmo de sus arquerías, el plástico contraste cromático entre el ladrillo y las llagas de mortero de igual altura y molduradas en ángulo, son el alto ejemplo que los sabios artesanos moriscos del Arévalo del 1200 dejaron a los constructors de hoy. ¿Vano ejemplo....

Paisaje de la MorañaCamino de Madrigal nos saldrán al camino pueblos con bellísimos y peculiares templos como Donvidas y Barromán. Es Barromán parada obligatoria. Dominando el caserío, en lo más alto de él, un sorprendente cubo-torre-ábside llama nuestra atención. Tres ventanas, tres saeteras marcadas en la robustez de la construcción de mampostería y verdugadas, nos incitan a entrar en el templo. Nada en el interior manifiesta el cubo-torreón de fuera. Mas dentro, tras el retablo que hoy cierra aparentemente la iglesia del XVI convertida en primitiva sacristía, está la triple cabecera mudéjar. De mínimas dimensiones y totalmente encalado, el triple ábside nos anticipa en negativo La Lugareja, que ya vimos. Saliendo de Barromán  pronto veremos ante nuestros ojos los heridos muros y las gallardas torres de Madrigal de las Altas Torres. El topónimo más parece poema, y poema muy apropiado por lo de Madrigal. Lo que queda de torres y murallas, en sus materiales -ladrillo, cal y canto-, construcción - cintas, rafas, cajones-, y estructura - o torres de planta cuadrada-, se separa totalmente de las defensas románicas y pétreas de la Capital; son los muros de Madrigal, a pesar de la gran ruina padecida, de los mejores ejemplos que la arquitectura militar mudéjar dejó en la Península. Su planta es irregularmente elíptica, no perfectamente circular como aún repiten muchos textos escritos de oidas.

Dentro de Madrigal, la más alta torre ( casi 50 mts ) es la de San Nicolás, parroquia que tiene dos ábsides con arquerías de ladrillo, y un magnífico artesonado que va de lo mudéjar a lo renaciente, y además interesantes piezas de  arquitectura y escultura en recoleto museo de obligada visita que en fondos es de los más atractivos de la provinci. La otra iglesias mudéjar, Santa María del Castillo, indica con su apellido y su situación sobre un alto la preexistencia de una fortificación en el lugar, como en tantos otros casos.


Deben también recorrerse calles, plazas y callejas hasta dar con esa sorpresa renacentista que es la casa del arco de piedra o encontrar las ruinas de los agustinos donde muriera Fray Luis. Un convento de fines del XVI, abandonado tras la desamortización y vendido todo él, en 1844, por unos 10.900 reales. ¡Precios aquellos!. Y acercarse luego hasta lo que fue hospital de la Concepción, terminando la visita en las agustinas (Monasterio de Gracia). En aquellas casas nació, en 1451, Isabel la Católica y allí, 75 u 80 años después, se establecieron las monjas. El gran claustro, el bello patio mudéjar, la recoleta iglesia, las llamadas habitaciones de la reina, son un tesoro cargado de historia. Una virgen palestina -como es lógico- es pieza mudéjar de delicada belleza.

Cerca de Madrigal, al Norte y al Sur, dos pueblecitos Blasconuño y Villar de Matacabras (claros topónimos de los de estas tierras de recio castellano) nos reencuentran con el ladrillo y el llagueado mudéjar y nos lanzan hacia otro mudéjar cercano. Extiéndase los ojos ante estos mares castellanos de cereal, pero que tanta belleza no nos haga olvidar la terrible realidad de Villar de Matacabras y su abandono. Qué el rico pasado morisco, cristiano y judío de estas tierras que fueron el centro del mundo, qué tanta iglesia, palacio, convento y hospital, no oculten la triste realidad de una Castilla desangrada, explotada, despoblada, injustamente empobrecida

Fontiveros une un doble atractivo, aquí nació San Juan de la Cruz, el poeta que elevo al castellano a terrenos nunca pisados por el hombre (los carmelitas levantaron un convento en su memoria) y aquí esta uno de los más llamativos templos de la zona, la colosal parroquia de San Cipriano que tiene naves de formeros mudéjares y cabecera debida a Rodrigo Gil de Hontañon.


En la zona se encontrarán los más numerosos y mejores ejemplos de esta arquitectura de síntesis inseparable que es el Mudéjar. Cantiveros, Constanzana, Bernuy-Zapardiel, Fuente el Sauz, Fuentes de Año.  Camino de Salamanca, en el límite de la provincia, Narros del Castillo será la última parada. La iglesia de Sta. María del Castillo, de igual apellido que el pueblo, levanta sobre la antigua fortificación un ábside de arquerías de ladrillo con el constante ritmo, los alfices, abocinamientos y esquimillas que definen esta arquitectura basada en la repetición y en la bicromía entre el ladrillo y los llagueados... Y aquí, como luego en Pedro Rodríguez, las Berlanas, Madrigal..., queda por ver en el interior el trabajo de las cubiertas, las maravilla de los artesonados... Ladrillos, yesos, maderas..., materiales pobres con los que como hemos visto se van a construir algunos de los más ricos ejemplos de la arquitectura hispana.