Aparicióseme una vez más la ciudad de Ávila, Ávila de los Caballeros, Ávila de Teresa de Jesús, ciudad vertebrada. En Visitar Ávilaaquel campo rocoso, entre los berruecos, que son como huesos de esta tierra de Castilla, toda ella roca, donde la gea domina a la flora y a la fauna, rocambre que es de fuego cristalizado. Cincha a la ciudad el redondo espinazo de sus murallas, rosario de cubos almenados, y como un cráneo, una calavera viva -la gloria mayor del rosario-, en lo alto, la catedral, cuyo ábside cobija recovecos de misterio interior, allí, entre las bermejas columnas. Es el castillo interior de las Moradas de Teresa, donde no cabe crecer sino hacia el cielo.

Miguel de Unamuno

Como principio requieren las cosas nuestro recorrido debe comenzar con un minucioso callejeo por la capital, la ciudad amurallada que levantaron y sufragaron todos los abulenses, la que recoge las tradiciones constructivas del mudéjar del norte de la provincia y del granito del sur, la que acogió a los más importantes personajes de la provincia: Isabel de Castilla, Juan de la Cruz, Alonso de Madrigal, ..., la que levanta una catedral que expande sus influjos artísticos y religiosos por toda la provincia... El Ávila la casa que interpretando el romancero apuntó Unamuno y acuñó Jacinto Herrero, la quietud amurallada de Panero, la ciudad dermatoesquelética como el alma castellana del citado Unamuno. Fue celta y romana, como atestiguan berracos y lápidas, pero principalmente fue y aun es ciudad medieval  magníficamente fortificada y plena de espléndidos edificios románicos y góticos, que luego supo de renacientes palacios y hasta de algún templo barroco.

Es esta ciudad para primero vista de lejos (abarcábamos toda Ávila de una sola mirada y comprendimos lo que se puede querer a una ciudad así y cómo puede ser patria, que dijo Unamuno) y para un posterior y desordenado paseo en el que iglesias y conventos, las constantes murallas y algunos nobles y vetustos palacios, saldrán a salto de mata a nuestro encuentro. La ciudad vista desde el ángulo NO, llegando por las carreteras de Salamanca, o de Valladolid es siempre sorprendente.

El recorrido visual que vamos a hacer se estructura, por razones de claridad metodológica, siguiendo un orden cronológico, pero obvio es y ya se ha dicho que las arquitecturas, las calles y las plazas deben verse en la topografía, en el paisaje y no en el calendario. Ávila es un todo en el que se juntan estilos artísticos, leyendas e historias, profundas vividuras religiosas, ensoñaciones literarias o pictóricas (de Unamuno a Zuloaga) y los mil vientos que desde su tierra toda, desde Gredos a la Moraña, configuraron el alito de esta bella, sobrecogedora ciudad. En ningún caso debe olvidarse que la visita, el encuentro con una ciudad es siempre aventura personal, en la que puede pesar más la vividura que la historia del arte, la anécdota propia que el referente histórico. Es esta Ávila ciudad para el paseo detenido, para la visita caótica, de plaza en tasca, de iglesia en tienda, de palacio en terraza, de sombra en amigo con el que conversar pausadamente. Quien recorra la ciudad lo hará calle a calle, barrio a barrio y según el tiempo y las ganas que tenga. La muralla será siempre el referente que aprisiona y explica el caserío, pero las iglesias y palacios se mezclarán saltando de siglos y de estilos, cómo es debido. El desorden ofrece, a cambio, la ventaja de ver las arquitecturas en el paisaje en que nacieron, de recrearse en los pavimentos de codones encintados y adoquines, de ver entre palacios y palacios, entre templos y templos, adosadas al interior de la muralla esas delicias de la arquitectura popular de pasadas épocas: rejas, ventanas, aleros, sillerías, mampuestos, entramados, verdugadas de ladrillo, perdidos escudos, esgrafiados, revocos...,muestras todas de pasadas técnicas constructivas, de olvidados modos de vida, de un tiempo que fue... Importa más vivir que ver, gozar que acumular visiones. Algo quedará por ver, pero siempre habrá un momento para volver.

Cualquier historia de Ávila, cualquier recorrido debe empezar citando el poblado vetón y celta que está en los orígenes del poblamiento. Ellos escogieron esta meseta sobre el Adaja como lugar donde asentarse y poner las bases de una civilización de la que nos quedan restos arqueológicos y una larga colección de esculturas zoomórficas, los populares toros y berracos, que ellos levantaban a sus divinidades y que hoy decoran plazas y patios abulenses.

Llegaron luego los romanos, cuyos rastros más visibles están en la toponimia provincial, en el trazado de la ciudad con sus calles principales cruzándose en ángulo recto, en las muchas lápidas funerarias que se incrustaron en las murallas medievales y hasta -podría ser- en una de las puertas de muralla que hoy subsiste embutida en los torreones del arco de San Vicente (reciente y deslumbrante es el descubrimiento de un verraco tallado en la roca madre como cimentación de una de las torres de la puerta).

La historia posterior de Ávila, dejando aparte los paréntesis visigodo e islámico, es la historia medieval y renacentista de la ciudad. Ese período de apenas quinientos años es el que ha dejado un mayor rastro histórico y monumental y puede incluso apuntarse que pasado el siglo XVI, el siglo de los palacios y conventos y el siglo de Santa Teresa, toda la historia de Ávila, política, civil y arquitectónica, es una mera reescritura de lo anterior, una rememoranza de pasados esplendores. Unos escuetos datos demográficos de la capital sirven para comprender la evolución histórica apuntada: en el siglo XIII los habitantes de la ciudad son unos 6.000, mediado el XVI son 13.000, cien años después apenas llegan a 5.500 y hacia 1800 rondan la cifra de 4.000. A principio de nuestro siglo vuelven a ser 13.000, y hoy ya casi somos 50.000 los abulenses censados.

En primer lugar es conveniente hacer una aproximación más detenida a la sorprendente demografía abulense de este milenio que ahora concluye, ya que sin  ella toda la historia de la ciudad es inexplicable. Es una aproximación en la que se mezclan datos inéditos con otros publicados principalmente por Serafín de Tapia, Gonzalo Martín García, y por mí. Los datos que conozco son los siguientes:

 

AÑO    Ciudad

1250    6615
1572    13000
1632    5400
1750    5481
1776    4160
1788    5800
1792    4200
1820    3997
1838    3735
1845    4121
1851    5330
1853    5757
1857    6601
1860    6892
1864    6705
1868    6388
1870    7664 
1871    7757
1874    7784
1877    9177
1878    9243
1881    9726
1887    10955
1894    10823
1897    11712
1900    11885            
1950    24880          
1970    32379         
1981    41765          
1991    49868          


No parece este lugar apropiado para hacer  una pormenorizada depuración de las cifras y las fuentes de donde estos datos proceden. Dando por válidos en lo fundamental los guarismos, debe apuntarse la magnitud de la crisis demográfica de finales del XVI (Tapia la ha relacionado con la expulsión de los judíos, la emigración fiscal hacía el Sur y la desaparición de la industria de paños) que aún es duramente constatable en la segunda mitad del XVIII. Una momentánea interrupción de la crisis se da al final de esa centuria, al instalarse la Real Fábrica de Algodón y recuperar la ciudad unos 800 habitantes aproximadamente.

El decaer de la actividad fabril en Ávila, la crisis de subsistencias de principios del 800, la invasión napoleónica y las sucesivas guerras carlistas, pueden ser algunas de las causas de la vuelta al signo negativo en la demografía ciudadana, llegándose a establecer en 1820 38 un punto mínimo sobre los 3735 habitantes.

Las causas de la posterior recuperación demográfica de la capital muy distinto es el fenómeno a nivel provincial  deben buscarse en la general recuperación nacional, en el influjo directo de un proceso de desamortización burguesa que se presentaba como social y económicamente ineludible, en la reorganización Provincial y la potenciación de la capitalidad de Ávila y en la consecución del paso del ferrocarril por la ciudad. Desde 1845 hasta la década de los 70 el proceso de recuperación es continuo, y en la citada década este proceso se dispara porcentualmente ante la llegada de la Academia de Intendencia y la posterior mejora de los accesos a la ciudad, incluyendo la construcción de un nuevo puente sobre el Adaja (es posible que algunos de los datos demográficos anteriores deban ser revisados, ya que el salto coincide con el cambio de fuentes desde los censos municipales a los de la estadística oficial, hoy recogidos en el Instituto Nacional de Estadística). En el siglo XX el crecimiento ha continuado, pero debe hacerse notar que este no es superior a la madia de otras capitales y se haca a consta del trasvase de población de la provincia a la capital.

Aun más preocupantes son los datos demográficos de la provincia de Ávila, una de las más despobladas de España, con una bajísima densidad de población de 21,6 hab/ km2, con un proceso que en los últimos treinta años ha ocasionado un decrecimiento del 30% que contrasta fuertemente con el crecimiento del 30% experimentado en el conjunto del Estado. Un decrecimiento que además  sigue aumentando.

Los datos apuntados son aún más graves si analizamos los provinciales sin la capital, ya que la provincia está expulsando población a la capital y fuera de ella. Comparando los datos de 1950 y 1951 se constata que en esos cuarenta años, mientras la capital ha multiplicado por dos sus datos de partida, el resto de la provincia los ha dividido. Si además tenemos en cuenta que Arévalo, Arenas de San Pedro y Candeleda casi reúnen a 20000 habitantes, el mapa de la desertización provincial resulta más preocupante.

Año       Ciudad             Provincia            Prov. sin ciudad
1900........11885            200450                   198675
1950........24880            251030                   225150
1970........32379            203798                   171419
1981........41765            178997                   137232
1991........49868            173021                   123153