Catedral de ÁvilaÁvila es ciudad porque, ya decía Alfonso X que ciudad es la que tiene murallas y Ávila es ciudad porque tiene una fuerte catedral (la fortior abulensis), que sabido es también que una ciudad sin catedral no pasa de ser un pueblo grande.

Sabida es también la muy estrecha vinculación (histórica, urbanística, económica, cultural...) existente entre una ciudad y su catedral. Es una relación que en Ávila será palpable en la estrecha unión, en el contacto, entre la catedral y la muralla, Funcionalmente la catedral abulense es el más poderoso ejemplo de templo-fortaleza que se conserva en Europa.
Las almenas coronan su fachada de poniente, la imponente torre NO y debieron rematar las naves laterales del templo. Pero es su potentísima cabecera, cimorro para los abulenses, el mejor exponente de ese carácter de templo-fortaleza. Un forro circular de fuerte sillería refuerza los absidiolos de la capilla mayor  y se remata con una triple línea de almenas descomunales, la primera volada sobre el grueso torreón y con una galería militar en su interior que tanto sirve para arrojar proyectiles entre las ménsulas en las que se apoya como para hacer fuego desde sus múltiples bocas artilleras.

La catedral será, cómo pocas, hija del duro tiempo histórico y del espacio en que surgió. En el tiempo será la última de las tres catedrales de la Extremadura castellana del momento (posterior a la vieja salmantina y a la románica desaparecida de Segovia), estilísticamente podrá recoger los mismos aires de un gótico incipiente que ya entonces comenzaban a soplar por Francia, históricamente será posible al sumarse el apoyo de unos reyes fuertemente ligados a la ciudad y la pujanza del extensísimo obispado abulense. Aquellos tiempos y la muy peculiar geografía urbana de la ciudad amurallada obligan a hacer una catedral fortaleza, un templo almenado, aspillerado y finalmente artillado.

El papel predominante que la catedral y el cabildo tienen en el urbanismo de esta ciudad amurallada se manifiesta desde cualquier lugar desde el que nos aproximemos a ella. La catedral es un hito constante en el paisaje abulense, un hito que recorta su silueta en lo alto del caserío, domina desde su única torre acabada todo el territorio y termina confundiendo su cimorro con la fábrica de la muralla en la zona más llana de la ciudad.

El templo es sumamente singular estilística y funcionalmente. Ya Gómez Moreno dijo que no solamente fue quizá lo primero que se vio de gótico en Castilla, sino que Francia misma, puede vindicarla como uno de los incunables más preciosos de su arquitectura parisién a mediados del siglo XII...; si su traza general y osatura es del todo parisién, los accesorios, así como cierta sobriedad y clasicismo en los miembros y en la escultura, parecen indicios, en el maestro que la trazase y dirigiese, de una educación extraña, que tiene mucho de la escuela cluniaciense. Es edificio de larga andadura constructiva, hecho como a impulsos, en el que las alteraciones y rectificaciones son mayores que en otras catedrales, dándose aquí desde un primer momento -junto con las normales adiciones en sucesivos estilos- lo que Pedro Navascués ha definido como la exigencia de cambiar de planteamientos para acomodar una técnica constructiva gótica a una planta románica, por lo que la catedral de Ávila es una lección viva de arquitectura medieval, con muchas interrogantes, cambios de plan, contradicciones y desajustes en su fábrica, verdadero reto a nuestros historiadores y arquitectos. Un reto que sólo ha sido fragmentariamente abordado, siendo mucho lo que aún queda por conocer monumental y documentalmente de un edificio que hasta hace poco se estudiaba  generalmente con la vieja e imprecisa planimetría de Street y Fernández Casanova, del que aún no se conocen todas las muy necesarias secciones y alzados fiables y del que hay pocas plantas que puedan merecer tal nombre: la de los Monumentos Arquitectónicos de España,  la que aquí se reproduce, atribuible quizá a Luis Moya, tomada de una copia fotográfica del archivo de la Cátedra de Historia del Arte de la Escuela de Arquitectura de Madrid y la realizada en 1986 por un equipo del ICRBC dirigido por Merino de Cáceres (creo que hay una más en la documentación del Plan Director, pero no es aún pública).


Debieron ser razones más fuertes que las de perpetuar un lugar de culto las que sirvieron para elegir tal emplazamiento en la zona más alta del caserío. En aquel lugar, entestando fuertemente la cabecera de la catedral en los muros de la ciudad, el cabildo se responsabilizaba de la defensa de la zona geográficamente más vulnerable de la ciudad: la que se extendía ante la llanura, la que no estaba protegida por ningún río o desnivel. La defensa de aquel frente de la muralla fue encomendada al alcázar real, la catedral y el palacio episcopal, es decir rey (concejo y ciudad por delegación), cabildo y obispo. Allí las defensas se reforzaron con los torreones del Alcázar y la catedral, allí se abrieron las tres más fuertes puertas (alcázar, San Vicente y la muy transformada del obispo, recogida en la planta de Moya y reproducida en la predela del altar de San Segundo del crucero catedralicio) y además se levantó una antemuralla. El cabildo no sólo ocupaba el torreón más potente del amurallamiento, poseía también la alta y potente torre de vigía que dominaba la ciudad, sus arrabales y un gran trecho de todos los caminos que a ella llegaban.

Funcionalmente la catedral abulense es, ya se ha dicho aquí, el más poderoso ejemplo de templo-fortaleza que se conserva en Europa. Las almenas coronan entre las torres su fachada de poniente, la imponente torre NO y parcialmente las naves laterales del templo. Pero es su potentísima cabecera, cimorro para los abulenses, el mejor exponente de ese carácter de templo-fortaleza. Un posterior forro circular de fuerte sillería refuerza los absidiolos de la capilla mayor y se remata con una triple línea de almenas descomunales, la primera volada sobre el grueso torreón y con una galería militar en su interior que tanto sirve para arrojar proyectiles entre las ménsulas en las que se apoya como para hacer fuego desde sus múltiples bocas artilleras.

El proceso constructivo medieval de la catedral

Aunque tenemos constancia documental de donaciones que hacia 1135 hace Alfonso VII a una catedral de San Salvador que había restaurado su padre tras más de trescientos años de abandono, nada queda en pie de aquella primera catedral (quizá encontremos su huella bajo la actual) cuya existencia está claramente confirmada por la documentación y por ello la parte más antigua del actual templo debe fecharse entre 1160 y 1180 y atribuirse al maestro Fruchel que en 1191 y 1192 aparece citado en una escritura de trueque de las hereditates quas Fruchel, magister operis in cathedrali ecclesia possedit dum viveret . Este fenomenal maestro europeo, cuyo rastro posterior se ha seguido por el norte de España, debió ser el autor de la traza general del edificio y especialmente de su interesantísima cabecera.


Las fechas propuestas sitúan este primer momento de la construcción en el reinado de Alfonso VIII, el rey criado en Ávila y que también hizo donaciones para el templo. Desde 1180 hay hechos que abonan un final de las obras de la cabecera: los enterramientos de los obispos Don Sancho y Don Domingo y especialmente el pleito que en 1184-1185 enfrenta al obispo con los párrocos de la ciudad, al reclamar éstos los excusados de las parroquias que cedieron temporalmente y que el prelado aplicaba perpetuamente a la fábrica de la catedral.


Fruchel fue quien cambió desde un hipotético proyecto primitivo de crucero con tres naves y cabecera con un tramo recto y otro curvo, al construido de crucero con una nave central y una nave lateral a poniente y una cabecera con doble tramo recto (se incorporó a la cabecera la nave de levante del crucero) y el tramo curvo original. Este hipotético primer proyecto, que ya fue apuntado por Rodríguez Almeida y que José Miguel Merino de Cáceres ha precisado más, sólo inspiró, de lo realizado, el tramo curvo de la cabecera, el planteamiento general del crucero y el primer tramo del templo, el de las torres. Merino de Cáceres, que está estudiando cuidadosa y certeramente la metrología de nuestra arquitectura, y que en el caso concreto de esta catedral ha seguido las pautas marcadas hace ya un siglo por Gómez Moreno (sería conveniente y provechoso desechar el nuevo canon de metros en la medición de estos edificios y volver a lo antiguo, pues así, lo cabal de las cotas da ya una gran base para ajustar el trazado) ha podido confeccionar la adjunta planta comparativa de aquella catedral no realizada y de la actual. Su sugerente propuesta es aceptable siempre que quede palmariamente patente que se trata de una fase proyectual, sólo parcialmente realizada en planta, que originó ingentes problemas cuando fue preciso abovedar la girola y la tribuna que corría sobre ella. El cambio de modulación  que él propone en los tramos de las naves justifica el anómalo fajón que separa a las naves laterales del crucero y la menor altura de los claristorios más próximos a las naves. El cambio de plan, la no realización de la nave este de aquel primitivo crucero y su incorporación a la capilla mayor, quedan de manifiesto cuando se observa la distinta configuración y decoración de las bóvedas de los absidiolos del tramo curvo y del tramo recto (todas con potentes nervios, pero unas con bóvedas de horno y otras con plementos ya gotizantes) y debió ser la causa de la muy peculiar cubrición de la cabecera, con una tribuna ya desaparecida sobre el deambulatorio de la que aún quedan el antiguo triforio acomodado como ventanaje y bajo las cubiertas los arranques de los rampantes radiales que las configuraban y con una cubierta de bóvedas sexpartitas en la capilla mayor, la primera de la península, cuya originalidad y relación con Vézelay ya estableció Lambert (antes Gómez Moreno ya apuntó a Saint Denis). Esta primera bóveda sexpartita vino a cubrir unas naves pensadas para cerrarse con un medio cañón que fuese continuación del arco toral y así, al cambiar el plan, los capiteles debieron crecer para recibir las múltiples nervaduras, en una solución que aquí une a su innegable belleza el valor que tiene todo lo primigenio, aunque -al igual que en la abacial de Vézelay- la bóveda está mal dispuesta y sus mayores empujes actúan sobre los pilares más débiles, aquellos que apoyan sobre las claves de los formeros del tramo recto de la cabecera, haciéndose palmariamente manifiesta la no correspondencia entre la planta románica y un abovedamiento ya gótico.

Volviendo a la planta románica y a los absidiolos que caracterizan esta cabecera es preciso recordar que su forro militar es muy posterior, que estos eran originariamente exentos como demuestran las cegadas ventanas y la rotunda curva del primer absidiolo del lado norte, visible sobre el cortavientos de madera de entrada a las sacristías y en la coronación de las defensas (sólo fue preciso reforzar la zona extramuros de la cabecera: los cinco absidiolos del tramo curvo y el primero del lado sur de la girola). Así podremos establecer unas inciertas relaciones con los ejemplos ya citados de Saint Denis y Vézelay, más los de Pointigny y Clairvause y hasta Heisterbach, pero también con ejemplos españoles como Fitero, Poblet, Moreruela y Santo Domingo de la Calzada.

Los cambios estilísticos y funcionales permiten desarrollar un amplio coro en esta cabecera profunda ya y ya gótica en su terminación, y permiten también lograr una novedosa iluminación de este ámbito mediante la apertura de una serie de ventanas en lo alto, casi en la bóveda, posibles en una cubierta de nervaduras pero irrealizables en una de medio cañón. En aquel espacio se había organizado el primer coro catedralicio de España y se había logrado dar a aquel ámbito una especial iluminación.

Si a esta sabia estructura se une una innegable preocupación estética manifiesta en la delicia de la labra de los capiteles y molduras, en la cuidada traza de las bóvedas de horno de los distintos absidiolos y en la habilísima elección del material, una piedra sangrante de La Colilla a las que las vetas ferrosas le dan gran plasticidad, el resultado no puede ser otro que el de la maravilla de esta capilla mayor en la que la luz y la arquitectura se combinan armónicamente, en la que se siente tanto el pálpito de liturgias pretéritas como el inteligente avance del quehacer arquitectónico.


Desde allí la marcha de las obras siguió de manera desigual produciéndose con el paso de los años y los siglos cambios frecuentes sobre el primer proyecto arquitectónico. En lo esencial los cuerpos bajos de las torres ya debían estar concluidos en los primeros años del siglo XIII, ya que en 1193 ya existía un lucillo en la Capilla de San Andrés y en 1211 ya se entierra en la de San Miguel a Esteban Domingo, señor de Villafranca (son las capillas situadas bajo las torres sur y norte). Son torres fuertes, sin huecos en la zona inferior, almenadas, hermanadas con las de Sigüenza, Évora... Se estructuró una fachada oeste muy similar a la de la iglesia abulense de San Vicente, con una fachada portada remetida a la altura de los pilares del primer tramo -a finales del XIII se labraría para aquel lugar la portada que a comienzos del XIV es llamada Portal de las imágenes y que luego Guas trasladará al costado norte- y con dos torres ocupando el primer tramo de las naves laterales, tramo abierto destinado a capillas de enterramiento (las escaleras de acceso a las torres arrancaban originariamente del interior del templo, del segundo tramo). Tipológicamente la gran diferencia entre ambos templos estará en la tribuna que en la catedral, recordando más a Santiago, ocupaba todo el primer tramo de la nave central y apoyaba su abovedamiento sobre la puerta y sobre el primer par de formeros (aún son visibles cegadas las grandes puertas que comunicaban las torres con esta tribuna y las huellas que la bóveda dejó sobre los formeros) y en San Vicente se reduce a un corredor sobre la puerta y una balconada hacia el interior del templo Conant ha sugerido como precedente de este nártex catedralicio a San Vicente de Ávila, Santiago y Villasirga (incompleto) en España, a Tewkesbury y Peterborough en Inglaterra y hasta la fachada occidental de la Capilla Palatina de Aquisgrán y ciertas fachadas sajonas (Gandersheim, por ejemplo).

En los comienzos del mismo siglo XIII debían estar terminados los pilares de las naves y los muros de caja de la iglesia dado que por entonces se comenzó el claustro (de esos años son sus primeros sepulcros). Previsto desde un primer momento, como atestigua la puerta de la torre norte, su construcción se hizo en varias fases: primero las crujías lindantes con la nave y el crucero y los tramos distintos en altura de la sur y después se sigue con las crujías oeste y sur (los destrozos visibles en las tracerías de arcos son recuerdo de la descuidada operación de cerramiento de 1772). También del momento debe de ser la hoy llamada Sacristía de Comuneros, allí se convocó la primera Junta de Comunidad de Ávila, que en primer lugar fue Cabildo. Su construcción suele retrasarse hasta 1307, pero las varias anotaciones de enterramientos que a partir de 1244 se dan en el Cabildo al que en 1289 se denomina cabildo nuevo y el hecho de que en 1250 y 1256 se redacten los primeros Estatutos Capitulares, permite adelantar hacia mediados de siglo XIII la construcción de su soberbia bóveda octogonal cubierta exteriormente con una magnífica serie de tejas pétreas y cornisas de precisa traza, obra quizá del arquitecto que Torres Balbás conoce como maestro Don Varón (para él también es el autor de la capilla del Sagrario o antesacristía) y precedente de los cimborrios abulenses de San Pedro y San Vicente, que debe relacionarse tanto con la capilla de Talavera salmantina como con los múltiples antecedentes que en la arquitectura musulmana hay para cubrir tales espacios. Si con la construcción del coro y capilla mayor ya se había configurado lo esencial del templo catedral, con la sala capitular y el claustro ya era posible que el cabildo practicase una vida casi monástica.


La catedral debió permanecer años con su crucero y naves sin terminar y durante el XIII los libros de aniversarios nos indican que los enterramientos episcopales se hacen en las torres, coro, girola y claustro. Más que una paralización se dio una ralentización. El templo tenía un maestro de obras al que en 1293 y 1305 se le declara libre de pechar y que lentamente iba haciendo obras en el crucero (capillas de San Pedro y San Antolín).

Ya en el segundo cuarto del siglo XIV, en el episcopado de Sancho Dávila (1312-1355), debió cubrirse la nave central y concluirse la torre norte. En una obra marcadamente funcional y de no muy gallarda ejecución, el obispo Dávila levantó sobre los formeros claristorios diáfanos de tosca factura, que no casaron con los más arcaizantes que arrancaban y morían en los pilares torales del crucero, ni con las mensulitas que remataban los formeros. Desechado el proyectado triforio una muy esbelta nave central se elevó considerablemente sobre las laterales y sus constructores, para lograr la necesaria estabilidad, fueron aumentando de sección y altura a los contrafuertes que se oponían al empuje de los no muy afortunados arbotantes y a los pináculos que les remataban (en el tramo de la nave más cercano al crucero, el que corresponde con los contrafuertes más débiles, fue preciso en 1691 volar un fuerte arco de entibo para detener la ruina de la fábrica). La falta del triforio obligó a cerrar con sillares el zócalo de los claristorios y planteó un arduo problema al cambiar la inclinación y desarrollo de cubiertas y bajantes, con lo que grandes cubiertas pétreas del exterior de las naves quedaron en desuso y fueron sustituidas por toscas armaduras de no muy larga vida. Si los ventanales y arbotantes no son obra a destacar, debe constar que las sencillas cubiertas del crucero y nave mayor, con terceletes una y cuatripartitas las de la nave, resultaron especialmente airosas.

Con las obras del obispo Sancho Dávila -quizá el prelado representado en el magnífico yacente de nogal del museo catedralicio- prácticamente quedaba acabada la catedral gótica, pero no el proceso constructivo del templo y seguramente -como indico Torres Balbás- es de finales del XIV el comienzo de la fortificación del cimorro catedralicio con la triple línea de almenas ya citada.


Siglos XV y XVI

Tras un período en el que las obras se limitan a la construcción de sepulcros, en la segunda mitad del siglo XV y primera mitad del XVI la catedral conocerá de la mano de Guas, Solórzano, Vasco de la Zarza y otros una serie de reformas transcendentales que van a afectar tanto al interior como al exterior del templo. Guas, entre otras obras, se ocupará del traslado de la puerta principal y esculturas desde su primera ubicación entre las dos torres (a la altura de la estatua de San Pedro) hasta la puerta norte del templo, donde se ajustaron apretadísimamente, relabrando las jambas y dovelas y desplazando la figura del parteluz hasta una crestería que, muy en lo alto, corona el conjunto. Hizo también Guas la actual puerta principal del templo, que a finales del XVIII Ceferino Enríquez de la Serna reformó y remató con profusa decoración barroca, pero que aún conserva en su interior la delicada obra de Guas, a quien en 1458 habían ido a buscar a Toledo para que fuese maestro y pedrero de la obra. El maestro, a quien despiden por no ser necesario en 1463 y a quien se vuelve a contratar entre 1467 y 1472, es contratado para que sirva en las cosas que fueren necesarias de cantería.

Las Actas Capitulares de 1495 indican que Martín de Solórzano firmó el contrato para hacer una librería en mucho similar a la arquitectura que él mismo había hecho en Santo Tomás, decorada incluso con las mismas bolas y granadas. Fue hecha en los mismos años en que en León se hacía para librería la actual capilla de la Virgen del Camino y como aquella, la abulense es sumamente alargada y altas y se construyó en el espacio desde la cerca fasta la claustra, ocupando las casas de un canónigo (Creo que los sucesivos añadidos catedralicios se hacen sistemáticamente sobre casas capitulares y alterando la trama urbana de la zona)


Que este espacio que hoy es sala principal del museo fuese el amplio salón en el que se pensó instalar los muchos volúmenes de la biblioteca catedralicia indica la importancia de ésta y la valiosísima preparación de aquellos cabildos. Precisamente debió ser la iniciativa conjunta de aquellos capitulares, la ingente actividad del prelado Carrillo de Albornoz y el posterior impulso reformador del obispo cisneriano Francisco Ruiz la razón de la importante transformación de la catedral en el primer tercio del siglo XVI. Las bases ya se habían puesto al alargar la longitud interior del templo mediante el traslado de la portada y cuando el cabildo y el obispo decidan trasladar el coro desde la capilla mayor al tramo más cercano al crucero de la nave central se cambiará toda la organización interior del templo. Fueron razones de índole litúrgica las que motivaron esta decisión (creo que ambos prelados, relacionados los dos estrechamente con Toledo, trataron de organizar la catedral al modo toledano). Se trataba de permitir una mejor visión del altar a los fieles y para ello se trasladó el coro que entonces prácticamente cerraría toda la capilla mayor y se desmontó toda la tribuna existente sobre el deambulatorio, para permitir una mejor iluminación de la Capilla Mayor (fue preciso entonces continuar el programa de construcción de vidrieras iniciado a finales del XV).


Cronológicamente el primer paso se dio cuando se abrieron ventanas (con una de las más valiosas vidrieras) en la capilla de Gracia para iluminar el trasaltar y se puso el retablo central con tablas de Berruguete, Borgoña y Santa Cruz, después se hicieron los paños del trascoro y el sepulcro del Tostado y los púlpitos y altares de Santa Catalina y San Segundo en el crucero (la realización de los altares se demoró largamente y aunque se iniciaron en 1520 no se concluyeron hasta 1549) y finalmente Lucas Giraldo, Juan Rodríguez y Cornelis de Holanda labraron el nuevo coro y trascoro. Era un programa complejo y definido, que conozco y comprendo gracias a las indicaciones del profesor Navascués. El traslado del coro desde el altar a la nave supone grandes cambios en la cabecera, el crucero y las naves. En la cabecera se produce una clara separación entre el deambulatorio y capillas de la girola y la capilla mayor que está en la raíz de los cambios que deben producirse en la iluminación de la girola abriendo nuevas ventanas y en la capilla mayor desmontando el triforio y transformando sus arquerías en ventanas. El traslado también supone que un tramo recto de la capilla mayor se incorpore funcionalmente al crucero (es aquel que en el hipotético primer proyecto ya formaba parte del crucero) y que se tenga que organizar litúrgicamente todo este espacio. Se pusieron vidrieras, dos púlpitos arrimados a los pilares de ingreso a la capilla desde los que los sermones podían llegar a los fieles y sendos altares dedicados a Santa Catalina y San Segundo adosados a los mismos pilares visibles desde las dos naves de crucero; las reformas tenían una clara finalidad: todo estaba encaminado a un mayor acercamiento del pueblo a la liturgia y muy especialmente pretendían esto al desembarazar el coro de la cabecera de la antigua sillería (cedida a los carmelitas de San Silvestre)) y de la legión de canónigos y beneficiados que ocupaban la capilla mayor y dificultaban el seguimiento del culto. Era una operación que creo estaba en el ánimo de todos los que emprendieron las anteriores reformas, pero que no se pudo concretar hasta 1531-1546 cuando Juan Rodríguez y Lucas Giraldo hacen la nueva sillería del nuevo coro, tomando como modelo para los asientos la de San Benito de Valladolid.

Los mismos artistas contratan en 1531 el hacer el paño de piedra que cierra los dos pilares del coro, un proyecto que conoció muchas alternativas, según se aceptase o no el prolongar su longitud y el poner postigos, y que finalmente se resolvió de manera burda, poniendo en los laterales donde debían haber ido los postigos una especie de muestrario de relieves de distinta temática, factura y material tomados de los almacenes de la catedral y entre los que hay piezas debidas a la mano de Juan Guas. Este trascoro que incluía un altar de Reyes (por los Reyes Magos del relieve) ya está concluido y dorado en 1536, años antes que la sillería, y pasa a ser lugar destacado de la liturgia de una catedral que el nuevo coro parte longitudinalmente en dos.


Se organizó a partir del momento el culto alrededor de estas dos zonas: un coro del altar y un coro del deán y los señores o una capilla mayor y coro (lo esencial en una catedral) y un altar de Reyes que será estación de todo desfile procesional interno pero que funcionará autónomamente. El nuevo coro tendía 82 asientos jerarquizados y acogerá a otros tantos capitulares más los integrantes de la capilla de música, los servidores del culto y los cantores en la tribuna que remata la sillería y acogió a los dos órganos del templo. Si a la imagen le añadimos colgaduras y vestiduras, música, velas e incienso, facistoles y cantorales, tendremos un pálido reflejo de lo que fue (la litografía de Parcerisa de 1865 ya sólo recoge el escenario, no el esplendor).

Además de las obras apuntadas, en estos años Vasco de la Zarza y Viñegra rematan el claustro con bella crestería (1508), se dota a la catedral de una soberbia relación de cantorales de Carrión, Córdoba y Vascuñano (1495-1511), el cabildo aprueba de unos nuevos Estatutos, los llamados del obispo Carrillo de Albornoz (1513), se acomete el citado derribo del triforio y se acuerda levantar en su lugar unos caños de piedra que son los actuales arbotantes del cimorro (1518-1520) y se contratan con Alberto de Holanda las vidrieras precisas para cerrar las ventanas del triforio. Se hacen capillas en el claustro: Nª Sª de la Claustra (1520), Cuevas (1540) y Anaya (1568), Vasco de la Zarza labra para el retablo mayor un sagrario de alabastro que no desmerece del sepulcro del Tostado al que casi se adosa (1521), se hacen puertas, relicario y cajoneras para la capilla del sagrario, se hace una tribuna nueva para el órgano (1527-1533), se rehace descuidadamente el abovedamiento del primer tramo norte de la girola y su pilar (1536), Villoldo y Frías labran en el Cabildo el altar de San Bernabé (1549-1553) y también Villoldo hace el fenomenal retablo de San Antolín (1551-1557). Dentro de este peculiar estado de obras que conoce la catedral una actuación especialmente llamativa es la del racionero Manso, encargado de trasladar a los muros todos los sepulcros que ocupaban las naves de la catedral dificultando el tránsito.

En el párrafo anterior se han relacionado las actuaciones más importantes desde un punto de vista arquitectónico (incluidos los retablos escultóricos), pero sería preciso citar las intervenciones de pintores, músicos, herreros, vidrieros y bordadores para recoger la ingente actividad artística de la catedral. La larga nómina de artistas que en los finales del XV y primera mitad del XVI trabajan en la catedral, haciendo obras encargadas por el cabildo y por donantes eclesiásticos (obispos y canónigos preferentemente) y laicos (nobles) testimonian la pujanza del Cabildo y la muy distinta procedencia de quienes trabajan en el templo.

Coinciden obviamente el auge de la ciudad y el catedralicio y en esos años la ciudad ve levantarse sus nuevos palacios, surgen conventos y hospitales, se reforman iglesias, plazas y calles, se hacen acueductos y fuentes....Los autores de tanto proyecto son, lógicamente, los mismos que se han citado en las obras catedralicias.

Edificaciones añadidas a la catedral

A partir de ese momento las obras más importantes son la construcción de las capillas de La Blanca y de La Concepción, adosadas al muro norte y construidas en lo esencial antes de 1560 por Alonso de Correa y Pedro del Valle (la sacristía de la capilla de La Blanca la hace Cuerbo a finales del XVIII), de la capilla dedicada a San Segundo y levantada sobre el espacio de un cubo de la muralla, según trazas de Francisco de Mora, hacia 1600, la larga construcción de la capilla de Velada comenzada en el XVI y no concluida hasta principios del siglo XIX y la construcción de una nueva sala capitular a mediados del siglo XVIII, según proyecto de Alberto Churriguera. Son ya todas construcciones anexas, ampliaciones de una catedral que, en lo fundamental, ya estaba acabada. A partir de ese momento los capitulares se dedicaran a atender las constantes reparaciones y a dotar a la catedral de retablos y objetos de culto, entre los que destaca la magnífica custodia hecha por Juan de Arfe entre 1564 y 1571, pieza que alcanza todo su valor cuando recorre las calles de la ciudad en la carroza construida en 1805. Esta hoy única procesión netamente catedralicia es el recuerdo de un tiempo en el que los festejos religiosos ocupaban con frecuencia las calles de la ciudad.


Mediado el siglo XVI se realizarán las capillas de La Blanca y de la Concepción, como nave de capillas. Su construcción provocó ciertos problemas urbanísticos al cambiar la configuración urbana de la zona. El ayuntamiento planteó medidas que obligaron a empequeñecer las capillas proyectadas y a proyectar una especie de arco de triunfo sobre la portada norte que nunca se realizó. El exterior del templo acogió unos desnudos muros de fuerte sillería que se organizaron con altas pilastras corintias rematadas en un entablamento decorado con escudos y epigrafías. La más cercana a la puerta, la de la Concepción, fue costeada por el deán Cristóbal de Medina, muerto en 1559, y tiene una interesante bóveda casetoneada, sepulcros en sus muros y una pequeña tribuna para cantores. Hecha por Pedro del Valle, fue tasada por Pedro de Tolosa y Juan Gutiérrez a finales del mismo año. La inmediata capilla de los Dolores o de la Blanca debe ser obra del mismo arquitecto y tiene un airoso cupulín semiescondido hoy por la torpe restauración de las cubiertas. Esta capilla quedó inconclusa y será Cuerbo quien tenga que levantar sus comenzados muros y concluirla a finales del XVIII. El arquitecto, con buen criterio y respetando lo anterior, realizó un tramo destinado a sacristía de la capilla que exteriormente es mimético con los anteriores tramos.

Los marqueses de Velada, poseedores del cercano palacio de igual nombre, mantendrán un largo enfrentamiento con la catedral desde 1561, cuando muere el marqués y se obliga a que sea enterrado en el suelo de la capilla de San Antolín, por no permitir la catedral enterramientos de bulto en las naves (el enterramiento definitivo se aplazó hasta 1616). En 1603, con trazas de Francisco de las Cuevas se inicia la actual capilla de Velada que en 1607 se continuará con otras trazas enviadas por el obispo de Jaén. Suspendidas las obras en 1664, cuando sólo se había hecho la magnífica cripta de planta cruciforme y los muros de bien labrada sillería habían llegado hasta los treinta y un pies de alto (incluido el gran escudo), fue continuada en 1691 con planta de Juan Sánchez Barba. Un siglo después Juan Antonio Cuerbo como arquitecto y Francisco Gutiérrez como asentista concluirán la capilla con un ochavo de ladrillo de gusto madrileño.


La aparición en 1519 de unos supuestos restos de San Segundo en la ermita que hoy tiene su nombre, junto al Adaja, llevó al Cabildo a una larga disputa para traer a la Catedral las reliquias del que la tradición consideraba primer obispo abulense. El proyecto culminará cuando el obispo Manrique de Lara costee la realización de una capilla para los restos del supuesto obispo. Entre 1595 y 1615, con proyecto de Francisco Mora se hace una capilla de planta rectangular, dividida en dos tramos, con bóvedas vaídas, de la misma piedra ferrosa de la cabecera catedralicia, que al exterior habría una gran puerta en un testero plano, con unas escaleras que ocupaban el sotocoro de la capilla. Puerta hoy cerrada de la que sólo resta el frontón de su remate. La capilla, construida sobre un cubo de la muralla demolido en 1595 con autorización real, dotaba a la catedral de una puerta al exterior de los muros que venía a sustituir a la del Obispo, tapiada en 1528, desprovista de escaleras en 1573 y que por entonces quedaba oculta por la estancia que para sacristía de capilla de los Velada se construía entre el cimorro y el Peso de la Harina (creo que tanto la capilla de San Segundo, como la sacristía timbrada con las armas de Velada, como el Peso de la Harina que se ve en su estado original en el dibujo decimonónico de Francisco Pizarro, pueden ser obras de Francisco de Mora).

Un siglo después de su construcción la capilla conocerá importantes transformaciones interiores y exteriores. Primero, antes de 1713, se dispuso un gran tabernáculo realizado por Joaquín Benito de Churriguera, aparatosa fábrica barroca que ocupó la mitad del espacio de la capilla y obligó a cerrar la antigua portada y escaleras, para así disponer de sitio suficiente en la pequeña capilla. Después, para mantener un acceso independiente a la capilla y una salida extramuros de la catedral, se encargó a Francisco de Llamas realizar una nueva portada entre la capilla y el cimorro y en 1741 Manuel Fernández hace la actual escalera de dos tramos invadiendo buena parte de la calle San Segundo (los capitulares solicitaron hacer la nueva escalera defendiendo -increíblemente- que ocupaba menos espacio urbano que el anterior).


El interés del cabildo por disfrutar de una nueva sacristía supondrá la construcción entre 1735 y 1743 de una nueva sala capitular, el último gran añadido que en planta recibe la catedral. Optaron los capitulares por ampliar primero la antigua sacristía de los beneficiados añadiéndole el espacio de la antigua sala capitular. Para ello fue preciso trasladar el altar de San Bernabé a su actual emplazamiento, cerrando así la puerta de salida del capítulo al claustro y abriendo una nueva puerta de comunicación entre la sacristía de beneficiados y el cabildo en el lugar que ocupaba el trasladado altar. Hecho esto se dotó a la nueva sacristía de una nueva cajonería hecha por Manuel Solís (ya a finales del siglo, en 1797, Juan Antonio Cuerbo realizará -tras presentar varios diseños- un aguamanil de gusto neoclásico destinado a las nuevas sacristías). Luego se planteó hacer una nueva sala capitular según proyecto de Alberto Churriguera y Manuel Fernández. La nueva dependencia se hizo prolongando la crujía de la capilla del Cardenal, con un proyecto que exteriormente nada tiene de barroco, siendo una arquitectura casi funcional en la que alternan una mampostería concertada con cintas de sillería. Constaba de sótano, antesala, sala capitular, oficinas para archivo y contaduría y dos cuartos en un segundo piso. El nuevo añadido, que en el interior se adornó con sencillas yeserías, ocupó parte de las dependencias complementaria se la catedral y supuso la mutilación de uno de los espacios más interesantes del conjunto catedralicio, la llamada plaza del Noveno, ámbito rectangular rodeado de crujías adinteladas que tiene todo el encanto de las mejores plazas castellanas de hacia 1500. Relacionable con este proyecto de sala capitular Alberto Churriguera firmó en Salamanca en 1735 un dibujo correspondiente a una cabecera del templo, en el que aparece el mismo sistema constructivo de cajones de mampostería concertada entre cintas de sillería. Dibujo que debió de corresponder a un proyecto de capilla que rematase la sala capitular y que no fue llevado a cabo.


En el interior del templo, en la segunda mitad de XVIII, se van a construir las rejas de bronce de la capilla mayor y del coro hechas en 1759 y en Vitoria por Manuel Melchor de Armentia. Son las que han llegado hasta nuestro siglo, aunque la de la capilla Mayor fue desmontada en la década de 1960 y se guarda en otra dependencia del templo. Posteriormente, en 1786, se optó por unir el coro y la capilla mayor con una vía sacra o valla realizada tras algunas discusiones en el cabildo, pues miembros del mismo opinaban que tal valla dificultaba considerablemente el seguimiento del culto por los fieles, en una manifestación tardía de aquel afán por acercar la liturgia al pueblo que se apreció en el traslado del coro del siglo XVI. Del mismo año era un proyecto del escultor José Rodríguez Díaz para ampliar el coro con un segundo cuerpo de madera de arquitectura a la romana, que fue rechazado por la Academia de San Fernando y que no se realizó. Mientras, en 1766, se había aprobado y recogido en un cuadro que aún existe en la sacristía la TABLA DE LAS CEREMONIAS QUE POR LOABLES COSTUMBRES DE ESTA SANTA IGLESIA USAN EN EL CHORO LOS SRES PREVENDADOS, CAPELLANES Y DEMAS MINISTROS, en la que se recogían las normas referentes al modo de estar de cada uno en el coro, al orden de salir y entrar en él, al uso del bonete, del solideo ...

Ceferino Enríquez de la Serna en 1785 redacta unas cuidadas condiciones para añadir un remate con siete esculturas a la fachada de poniente, transformando definitiva y poco afortunadamente aquella entrada.

La vida de la catedral cambia radicalmente a partir del siglo XIX, las medidas desamortizadoras atacan directamente a sus fuentes de ingresos, el cabildo tiene cada vez menos miembros y menos medios, ya no se hacen reformas, ni capillas nuevas, ni se compran obras de arte para el culto. La presencia de los ejércitos franceses termina con buena parte de la platería del templo y las últimas medidas desamortizadoras propiciarán la incautación de la mayor parte de su archivo y biblioteca -entre las piezas estaba la Biblia de Ávila- que desde entonces están fuera de la ciudad. No hay medios para sostener tal fábrica y sólo pueden hacerse reparaciones y más reparaciones (las realizadas entre 1950 y 1960 en las cubiertas de las naves laterales y en las vidrieras son deleznables). Aquella catedral con cerca de cien capitulares, con centenares de servidores, con dos órganos en el coro, con su capilla de música, con sus ricas colgaduras y una intensa vida litúrgica y cultural pasó a la historia. La catedral de Ávila, como tantas otras, han venido a ser más museo que templo y hoy, cuando la visitamos, es posible gozar de la arquitectura y del arte que aún guarda, pero es difícil recrear el ambiente religioso de una liturgia ya casi definitivamente perdida.

 

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